• Alberto Mansueti

CONTRA EL PRIMITIVISMO POLÍTICO

Actualizado: 6 de jul de 2020

Las políticas autoritarias y represivas dictadas con el pretexto del Covid 19, parecen más temibles y aterradoras que el Covid 19.

Para colmo, el tema de la pandemia ha dado fuerza a unas ciertas tendencias autoritarias y represivas, que ya estaban presentes, no sólo en los gobiernos y politiqueros, sino también en parte del público. Y unas de corte claramente fascista; por ejemplo: el odio a los partidos políticos, y a sus representantes parlamentarios. Se exige recortar sus sueldos, y sus mandatos, como si el problema fuese el sueldo que ganan, o el tiempo que duran en sus cargos, y no el daño que hacen, votando las leyes malas, en su mayor parte “importadas” de las Agencias de la ONU.


Hitler y Mussolini, junto con Lenin y Mao Zedong, los cuatro “ases revolucionarios” del siglo XX, fueron enemigos de los partidos; y de la democracia representativa, única posible; y obviamente, de toda política contraria a sus “visiones”. Treparon al poder cabalgando sobre una frenética retórica contra los partidos, satanizando a todos en general, excepto los suyos respectivos, es claro. Mussolini y Hitler cargaban uno y otro contra la “partidocracia” (partitocrazia) y el “Estado de partidos” (Parteienstaat); y ambos términos se escuchan ahora otra vez, y con igual carga de odio y desprecio.


¿Qué tienen los tiranos contra los partidos? ¿Qué delito les imputan? Destruir la “unidad” de la nación, según nazis y fascistas; o de “la clase trabajadora y el pueblo”, según socialistas y comunistas. Les acusan por el crimen de “dividir” las opiniones, y de “representar sus intereses egoístas”. Si en algo se ve que el nazismo y el fascismo son de izquierdas, es en esto. Sus filosofías políticas colectivistas, antiliberales y anti-individualistas, se distinguen del socialismo convencional y del comunismo sólo por la categoría de colectivismo (o tribalismo): nacionalista en un caso, clasista en el otro.


La derecha, por el contrario, defiende la resistencia del individuo ante el colectivismo; pero la buena derecha es realista, inteligente y conservadora: entiende que la mejor defensa del individuo está en las asociaciones intermedias entre el gobierno y los particulares, sean de carácter natural, como las familias y municipios, o sean de tipo asociativo voluntario, como las empresas, escuelas, iglesias y partidos. Es una pena que tantos economistas liberales se quejen del clima de ignorancia económica, pero no ven su propia ignorancia política, y con frecuencia se acoplan a la antidemocrática diatriba contra los partidos.


Los tiranos acusan a los partidos de ser precisamente lo que son: unas asociaciones representativas, de diferentes opiniones e intereses. Porque las gentes tenemos distintas opiniones, y diferentes intereses: no pensamos todos igual, ni todos queremos lo mismo; esto es un hecho de la vida. Por eso lo mejor es que los intereses sean coordinados a través de los mercados y precios libres, y las opiniones sean ventiladas y debatidas en un parlamento democráticamente elegido. Los partidos son en la política lo que las empresas son en la economía. Y por estas poderosas razones, la democracia representativa, de partidos políticos, y el capitalismo liberal, de empresas privadas, son los respectivos sistemas político y económico civilizados.


Lo contrario es barbarie y salvajismo: es la “democracia” de partido único, que no es representativa; y es el capitalismo de Estado, o de amigotes, que no es liberal. Pero estos primitivismos se ocultan, cubren sus vergüenzas: la tiranía política con el disfraz de “democracia directa”, o algo sospechosamente parecido; y la tiranía económica con el de “planificación” central, el estatismo de la “ingeniería social”, que denunciara Friedrich Hayek, en cuanto a la producción y comercio de bienes y servicios, en la esfera de la economía.

En cuanto a la esfera de la política y los partidos, lo recordaba el profesor Giovanni Sartori, el célebre politólogo italiano, en conferencia al Congreso de Diputados, en Madrid, 9 de diciembre del año 1998, para el XX aniversario de la Constitución española de 1978. Título: “En defensa de la representación política” (búsquelo en Internet).


Es una lúcida defensa de la democracia representativa contra lo que llama (en italiano) “direttismo”, o sea, “directismo”, con el consiguiente desplazamiento de la representación “a un papel menor o incluso, secundario”. Postula que la representación política es necesaria, imprescindible, y que las críticas son resultado de la ignorancia y el primitivismo. “Directistas” son quienes permanentemente convocan a sus marchas multitudinarias, al “pueblo a tomar las calles”, al estilo de la revolución “parisina” de 1789, mal llamada “francesa”. Y creen que las redes sociales pueden reemplazar a los partidos.


En una democracia genuinamente representativa o indirecta, los mecanismos son algo más refinados, y los resortes un tanto sofisticados; por lo tanto, no fáciles de entender. ¡Pero así es la civilización!


Los partidos políticos representan a los distintos sectores en que la opinión pública se divide en temas de políticas públicas. Y en periódicas elecciones, se adjudican unos y otros los roles de gobierno y oposición; y así puede cada cual, por turnos, ensayar sus políticas, de derechas o de izquierdas. Y así la gente puede aprender cuáles políticas son mejores y cuáles peores; y según los resultados, en los próximos comicios puede corregir el curso, o mantenerlo en la misma dirección. Aprendizaje por prueba, error y enmienda.


Eso no hay en América latina, pero no por culpa de las instituciones de la democracia de partidos, hoy pervertidas o inexistentes, sino de los “politiqueros” salvajes (que no políticos), todos de izquierda, con lo cual el escenario político es ideológicamente homogéneo, y el cambio de rumbo se torna imposible.


En el siglo pasado las izquierdas se hicieron con el control de la economía y de la educación, aplicando la receta estatizadora de los 10 puntos del Manifiesto Comunista, 1848, capítulo 2; o sea marxismo clásico. Y ya desde el poder, en este siglo XXI, nos aplican la receta anti-familia, anti-occidental y anti-valores del “joven Marx”, de Antonio Gramsci, y de la Escuela de Frankfurt; o sea marxismo cultural.


Nuestro proyecto de las Cinco Reformas es la única solución: desde el Parlamento, deshacer las obras del marxismo clásico, o sea derogar sus leyes malas y desestatizar las esferas de la vida social (desregular y privatizar), para tener los particulares la propiedad y pleno control de nuestras entidades productivas, educativas y políticas; y así, deshacernos del marxismo cultural por nuestra cuenta. No hay otra vía.


Los “directistas” apelan también a la tecnología. Paradójicamente, los bárbaros ataques a la democracia representativa reviven en esta era de laptops, tablets y teléfonos “inteligentes”; porque los progresos tecnológicos siempre avivan la imaginación de los “reformadores sociales” utópicos, que se creen bien intencionados. Edward Bellamy, en su novela “Mirando atrás” (Looking Backward, 1888) planteó que los adelantos técnicos posibilitarían a las izquierdas tomar el poder y hacer el socialismo. Robert P. Wolff, muy admirado por los anarquistas, dijo lo mismo en 1970, apunta Sartori. Y cita al agudo H. L. Mencken: “para todo problema humano, siempre hay una solución simple, clara y equivocada”.


Aldous Huxley y George Orwell explicaron respectivamente los instrumentos “suaves” y “duros” del socialismo, en “Un mundo feliz” (1932), y en “1984” (1948). Pero la gran masa aún no lo ve, y continúa despotricando contra los partidos, “los políticos” y la democracia representativa, precisamente los instrumentos civilizatorios e inteligentes, a través de los cuales podemos acabar con la pesadilla.


Cierto que los conservadores deberían aprender economía, comenzando por lo más básico: demanda y oferta; pero también los “libertarios” deberían aprender política, comenzando por lo más elemental: izquierda y derecha. Seguiremos informando, inquietando y molestando, si Dios lo permite.


San Juan del Río, México 31 de mayo de 2020


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