• Alberto Mansueti

LOS JÓVENES Y EL MERCADO COMÚN

Hace unos años, un grupo de amigos liberales clásicos latinoamericanos, muchos cristianos de distintas denominaciones, lanzamos el Proyecto Cinco Reformas, para el tránsito del presente y opresivo sistema estatista y social-mercantilista, al capitalismo liberal y conservador. ¿Quiénes somos? Gente común y corriente, como vos, haciendo cosas nada comunes ni corrientes. Con objetivos y metas muy ambiciosas: cambiar radicalmente el panorama de nuestros países, que hoy tanto nos agobia.


I

Pero de antemano ya sabíamos algo: romper semejantes cadenas es algo que ningún país puede hacer en solitario. Los países de Europa Central y Oriental que en los ’80 recuperaron sus soberanías secuestradas por Moscú, a la cabeza del “Bloque Soviético”, caminaron impulsados por unos líderes de partidos políticos liberales y conservadores que trabajaron juntos; como antes los “padres de la unión europea” (occidental) en los ’50, una vez liberados del dominio del Reich hitleriano. Y no es tarea para lo inmediato ni el corto plazo, sino para mediano plazo. Por eso hallamos más receptividad en gente joven, incluso muy joven.

Hay muchas razones por las cuales nuestro proyecto se hace atractivo a los jóvenes:


1) Tienen toda su vida por delante; en cambio la gente mayor quiere algo para lo inmediato, de corto o cortísimo plazo. Pero sucede que no hay recetas mágicas o pomadas milagrosas, ¡para ya mismo! Es que no existen; y eso no es fácil de aceptar para personas algo mayores.


2) Muchas personas mayores creen ver esas soluciones inmediatas en la resurrección de un Pinochet, o alguno de los dictadores de los ’50 como por ejemplo un Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, Trujillo, Somoza o Stroessner. Los jóvenes no padecen esas nostalgias; y nos entienden muy bien: los militares de ahora son diferentes, porque han sido adoctrinados, atemorizados o comprados por las izquierdas.

3) Los mayores, si andan cargados de diplomas y extensas hojas curriculares, suelen rechazar que se les pida estudiar algo. Los jóvenes son o han sido estudiantes; entienden si se les pide que estudien nuestro proyecto, para entenderlo bien, y así poder compartirlo mejor, con sus amigos y entorno inmediato.


4) Dicen estar “hartos de la política”. No la entienden. Pero les explicamos que no es “política” sino “politiquería” lo que hay en nuestros países; y realmente es para hartar, asquear y desentenderse. Lo primero que les explicamos para estudiar y aprender, es la diferencia con la política de verdad. A casi todos sus mayores, en cambio, les resulta muy difícil desengancharse mentalmente de la politiquería.


5) Los jóvenes, en busca de nuevas experiencias, han participado felices en muchas marchas callejeras, plantones, cacerolazos y bocinazos en plazas y avenidas, muy ilusionados, en contra de tal o cual abuso o atropello, esperando lograr un cambio. Algunos han votado, igualmente esperanzados, por alguna opción de izquierda, o por “el mal menor”. ¡Pero no hubo cambio alguno! Aquí es donde los mayores recurren a ciertos relatos para justificar su ciega persistencia en caminos que obviamente no son idóneos, los cuales sacan de los medios convencionales. Pero los jóvenes no están tan expuestos a esos medios; por eso cuando les enseñamos que esos caminos no conducen a cambiar nada, lo comprenden rápidamente.


6) Los jóvenes han oído que han de matricularse en los centros docentes oficiales (estatales o acreditados por el estado), para graduarse y labrar su promisorio futuro; pero ven por doquier a los diplomados laborando en niveles muy inferiores a las capacidades que sus títulos acreditan. Es agudo este contraste, y provoca en los jóvenes más despiertos y menos adocenados, una saludable desconfianza en lo que sus enseñantes les repiten.


7) Algunos jóvenes han emigrado a otros países, o lo han hecho sus parientes o conocidos, en busca de mejores oportunidades. Pero resulta que han tropezado con los mismos obstáculos que hallaron en sus países de origen; además de otros adicionales por ser “extranjeros”. Por eso entienden más fácilmente cuando les enseñamos que el problema es el socialismo, y el estatismo, presentes en todas partes.


8) La mayor parte de los jóvenes que se nos acercan a preguntar, han sido “iniciados” en los caminos de la derecha por los archiconocidos y famosos “influencers”, de Youtube y las redes sociales, conservadores, liberales o “libertarios. Pero ven que las tales celebridades carecen de proyecto político alguno. Para los jóvenes que nos contactan, resultan como “bocaditos” para abrir el apetito, antes de la comida real.


9) Otros han asistido a charlas, conferencias y eventos de los “tanques de pensamiento” de la derecha intelectual; pero ven que esas fundaciones e institutos son fieramente antipolíticos, y por ende tampoco tienen proyecto concreto que ofrecer para “bajar” el capitalismo liberal a los países y cambiar de ese modo la triste situación que hoy nos aqueja.


10) Algo similar pasa con los jóvenes cristianos, que se nos acercan cuando advierten en sus iglesias una falta total de orientación bíblica, segura y confiable en materias de economía y política, más allá de una “defensa de la vida y la familia” algo retórica y abstracta.


Y cuando los chicos y chicas se dan cuenta de estas cosas, ¡es cuando acuden a nosotros!


¡Sean bienvenidos! Vamos a contarte cosas que nadie te ha contado. Por ejemplo, en este artículo, vas a enterarte que comenzamos a edificar para ustedes cosas nunca vistas antes en estas tierras, como son el capitalismo de libre mercado, y el Mercado Común Latinoamericano. Y de paso vas a ver un diagnóstico muy realista acerca de por qué van tan mal las cosas en nuestros países.


II

Técnicamente, y sin contar los “territorios dependientes” (casi todos de carácter insular), los países “soberanos” de América “Latina” son 33. Y en ninguno se habla la lengua “latina” (que antes conocían los sacerdotes, y algunos abogados); lo que cuenta como una primera anomalía.


La “facultad de dictarse sus propias leyes” es uno de los atributos de la “soberanía nacional”. Pero muy difícilmente nuestros países puedan calificar como “soberanos”. Hice un estudio bastante completo para mi libro “Las leyes malas” (Guatemala, 2009), a fin de responder a estas preguntas: ¿De dónde salen las leyes malas? ¿Quiénes las han redactado? ¿Cómo es que resultan muchas de ellas nocivas en sus efectos, y no pocas son irracionales? ¿Y por qué son tan numerosas? Entre otros muchos resultados, encontré que no se redactan en nuestros países. Mira estos ejemplos; y son sólo unos ejemplos:


Las leyes laborales se escriben en Ginebra, en la sede de la OIT; las cámaras “legislativas” de nuestros países no legislan, sólo se limitan a sancionar los “Convenios” ya aprobados en esa ciudad suiza. Lo propio ocurre con las leyes de “educación, ciencia y cultura”, que se escriben en París, en la sede de la UNESCO; y con las leyes de agricultura y ganadería, redactadas en la sede de la FAO, en Roma. En la misma Ginebra también, en la sede de la OMS, se dictan las leyes “de la salud” y medicina. Y las relativas a la “propiedad intelectual” (que discutiblemente son de propiedad), en la sede de la OMPI, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, en Ginebra. En Nairobi, Kenia, se ubica la sede del PNUMA para el medio ambiente; y se escriben allí las leyes para nuestros países en ese tema. Para los Derechos Humanos nos legisla la ACNUDH, cuya sede es en Ginebra también. Y en Washington, EE.UU., en las sedes del Banco Mundial y del FMI, se dictan “nuestras” (¿?) leyes vigentes para economía, dinero, banca y finanzas.


Todos esos convenios, tratados y acuerdos internacionales, son producidos por casi 100 (cien) oficinas de la ONU. Son en realidad “supra” nacionales. Sus burócratas no son electos popularmente. Nadie los eligió, excepto entre ellos mismos; por lo tanto, no son “representativos”, lo cual es antidemocrático.

(Ve anotando por favor: nuestros países no hablan latín, no son “democracias”, ni son soberanos, por cuanto sus leyes son dictadas en el extranjero por “funcionarios internacionales”, que estampan sus firmas al pie de unos textos legales que ni siquiera ellos escribieron, sino una legión de “asesores” y “expertos” en cada oficina. Hacen reglas iguales para todo el mundo, tipo “talla única”).


Una vez dictados esos “instrumentos”, como les llaman, en breve son aprobados para ser leyes, casi en modo automático por los congresos de nuestros países, con diputados y senadores que en su gran mayoría (y salvo honrosas excepciones) ni se toman el trabajo de leer. Asumen que son todas “leyes buenas”; y así piensa el público. Pero no son buenas; son malas (puedes leer mi libro). Sólo que como son leyes “nuevas”, desplazan a las anteriores, consideradas anticuadas y obsoletas, pero que son sin embargo más sabias y justas: las de nuestros códigos de derecho ordinario (civil, penal, comercial, procesal, etc.), que se ven cada vez más reducidas en sus ámbitos de vigencia.

Las leyes malas tienen un sesgo marcadamente anticapitalista y antiliberal. ¿Y los países asiáticos y africanos que están haciendo la ruta de transición del socialismo al capitalismo liberal? Muy simple: no forman parte de algunas de las agencias del “sistema de la ONU”; o si forman parte, no firman todos sus tratados; o los firman, pero con “reservas” en cuanto a sus disposiciones más obstructivas de la vida social y económica. Así ellos ejercitan y practican su soberanía, que no es mera retórica, y progresan.


Eso no sucede aquí en América Latina: firman todo y cualquier cosa, sin reserva alguna. Los nuestros son países “independentes” de España, la madre patria; pero prácticamente son “vasallos” dependientes de la ONU, más o menos como lo eran los de Asia y África que estaban sometidos a la “tutela” de las grandes potencias, de las cuales dependían bajo el antiguo sistema de “mandatos” de la Sociedad de Naciones, antecesora de la ONU.


Esto no siempre fue así; los países latinoamericanos conocieron tiempos mejores. Durante la primera mitad del siglo XX, casi todos fueron destinos receptivos para millones de inmigrantes europeos y de otras partes del mundo. Escapaban de las dos guerras mundiales, la guerra civil española y las depresiones económicas entre ambos cataclismos, resultantes de medidas intervencionistas, que gobiernos estatistas tomaron equivocadamente, para remediar supuestamente el paro ocasionado por el “Gran Crack” de 1929; el cual no fue producto del “capitalismo salvaje” como dicen los profesores de izquierda, sino al contrario, del gradual descuido del Patrón Oro clásico y otras reglas propias del libre comercio. En los años ’70, las guerrillas y las consecuencias negativas de aplicar muchas ideas de izquierda, provocaron que los flujos migratorios revirtieron su dirección, y los latinoamericanos comenzamos a emigrar.


Las leyes malas son la raíz de los males de nuestros 33 países, que están muy lejos de ser soberanos. “Devolver” la soberanía a nuestros países, tomando distancia de las Agencias de la ONU es un objetivo principalísimo de nuestro proyecto “La Gran Devolución” mediante las Cinco Reformas. Y otro, en paralelo, es la derogación de todas las leyes malas. Esto incluye por supuesto reformas constitucionales; recuerda que la Constitución es una ley: es la ley suprema del derecho positivo un país.


III

¿Y qué tiene que ver todo esto con el mercado común?


Sucede que nuestros 33 países, que no son soberanos ni democráticos, son también “encerrados y separados” por gruesas murallas aduaneras y burocráticas, arancelarias y no arancelarias (de varias clases), que impiden los intercambios comerciales, las inversiones, los negocios y demás actividades económicas y empresariales a través de sus fronteras. Nos disgusta que el presidente Trump quiera construir un muro visible en su frontera con México; pero en toda frontera intra-latinoamericana hay unos altísimos y oficinescos muros invisibles de prohibiciones, regulaciones, trámite y papeleo inútil y estorboso, a más de costoso. ¿Y las empresas privadas? Están todas atadas a sus gobiernos, y obligadas a cumplir las leyes malas al pie de la letra. Por eso, para nuestros ciudadanos, cualquier país del planeta, por lejano que se encuentre (incluso en Asia), es mucho mejor y más amigable que el país vecino para hacer negocios y sociedades comerciales. O para emigrar; o para poner su dinero a buen resguardo.


Esto es totalmente antinatural e ilógico. Tanto, que desde los años ’60 han florecido los innumerables “organismos para la integración”. Los más prominentes y conocidos son: Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC); Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI); Comunidad Andina de Naciones (CAN); Sistema Económico Latinoamericano (SELA); Mercado Común del Sur (Mercosur); y Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA). Pero hay muchos otros, de alcance regional y subregional, que totalizan un número de casi 50 (¡cincuenta!), que se consiguen listados en la Wikipedia, bajo la entrada “Integración Latinoamericana”. ¿Hay más “organismos” que países? Así es: cada país pertenece a varios inútiles y dispendiosos organismos burocráticos. Hay las oficinas, con montones de burócratas y consultores regiamente pagados; pero “integración” no hay para los negocios, con una sola excepción: las redes del narcotráfico.


En los más antiguos documentos había referencias muy explícitas al “mercado común europeo”, que en los años ’60 se nos mostraba a los por entonces jóvenes estudiantes como experiencia digna de imitar en la región. ¡Y con justa razón! Pero nada se hizo. Y una extensa literatura más o menos académica aborda las causas de los fracasos en sus objetivos declarados, relacionados con un hipotético y eventual “mercado común” que jamás se ha podido concretar. Pero hasta donde pueden revisarse esas investigaciones y estudios, ninguno da en el blanco. La causa más mencionada es que “los países se resisten a ceder su soberanía nacional”. ¿Cuál soberanía, si ya la han cedido, y desde hace demasiado tiempo, a todas las dependencias del “sistema de la ONU”? ¡Es francamente ridículo!


Los “padres de la unidad europea” fueron al mismo tiempo aunque en distintas medidas, mujeres y hombres amigos del mercado común y del mercado libre: Konrad Adenauer, Walter Hallstein, Ludwig Erhard y Úrsula Hirschmann, en Alemania; Jean Monnet, Robert Schuman y Jacques Rueff, en Francia; Winston Churchill, en Inglaterra; Sicco Mansholt, Johan Willem Beyen y Margarita Klompé, en Holanda; Alcide de Gasperi, Altiero Spinelli, Luigi Einaudi y Leonilda Iotti, en Italia; Paul-Henri Spaak en Bélgica y Joseph Bech en Luxemburgo.


En 1948 fundaron la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), que en 1960 se convirtió en la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Y en 1949 crearon el Consejo de Europa, como organismo de cooperación política. En 1951 firmaron el Tratado de París, instituyendo la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), nuevo paso hacia el mercado común: suprimir trabas aduaneras y estableciendo un espacio comercial para el carbón y el acero, y luego para todos los productos. En 1952 hicieron la Unión Europea Occidental (UEO), para la defensa común. Y por fin, en 1957, los Tratados de Roma: la Comunidad Económica Europea (CEE). Los años inmediatos vieron las sucesivas ampliaciones, tanto en países miembros como en temas comunes, hasta llegar a la unión monetaria. Y funcionó.


IV

El hecho histórico es que (1) en los años ’50, la integración europea fue obra de eximios políticos de derecha, muy conscientes de que la “desintegración europea” fue causada por las izquierdas, tanto nazis y fascistas, como socialistas y comunistas, que trajo la sangrienta guerra europea que escaló hasta hacerse la Segunda Guerra Mundial. (2) Esos políticos eran liberales clásicos; sabían que el proteccionismo y el mercantilismo también son fuerzas “desintegradoras”; como lo demostró el Imperio japonés, no asociado a la izquierda, pero que participó igualmente en aquella “gran carnicería mundial”. (3) Estos tales políticos edificaron el mercado común, porque construyeron economías de mercado libre en sus países, superando la cerril oposición de las izquierdas y los empresarios mercantilistas. El “mercado común” europeo no fue otra cosa que la extensión y ampliación de los llamados “milagros económicos”, todos generados por las privatizaciones, desregulaciones, y aperturas mediante reformas de libre mercado, en sus países.


Y, además: (4) Trabajaban bajo alta presión: tenían al amenazante Ejército Rojo ocupando la otra mitad de Europa, y buscando extenderse. (5) Por esa misma amenaza, se ocuparon de la economía, pero no sólo de la economía, conscientes de que la unión aduanera, comercial, económica y hasta monetaria (para más adelante), tenía que “cubrirse” con el paraguas de algún tipo de comunidad política. (6) Lo anterior no fue difícil porque eran “políticos de partido”, principalmente la democracia cristiana, en una época en que los partidos no ocultaban sus raíces doctrinarias, según las cuales se agrupaban por encima de las fronteras nacionales. (7) Y por fin, pero no menos importante: a diferencia de Hitler y Mussolini, que exaltaban los valores paganos de Grecia y Roma, y de los rojos que veneraban un “comunismo primitivo”, ellos eran casi todos de profunda inspiración cristiana. Como constructores de la unidad europea, se consideraban los herederos culturales y políticos de una antigua Europa unida y cristiana. Contaron con el apoyo del Papa Pío XII y la Iglesia Católica, y de las confesiones protestantes.

Por eso, con el derribo del Muro de Berlín en 1989, y el colapso de la U.R.S.S. en 1991, liberales y conservadores creyeron que las izquierdas habían sido definitivamente derrotadas. Pero no; al contrario.


Sin renunciar un ápice a las ideas económicas y educativas del marxismo clásico, expuestas en el Manifiesto Comunista de 1848, y hasta el día de hoy, las izquierdas asumieron toda la gama ideológica del marxismo cultural: el “ambientalismo” rojo disfrazado de verde; el feminismo radical, pronto devenido en “ideología de género” y Agenda LGBTIQ+; el racismo antiblanco y antioccidental; y el relativismo llamado “posmodernista”. Y por el lado de la derecha, aquellos brillantes políticos tuvieron sólo dos continuadores: Thatcher y Reagan; pero casi nadie más. Después fueron sustituidos por los de otras generaciones, cada vez más mediocres, en general. Pero esa es otra historia, más reciente.


Entre los ’50 y los ’60 y ‘70, cuando la integración europea tomaba forma, y era muy exitosa, la mostraban como modelo para nuestra América, unos ciertos líderes políticos de aquí. No tan brillantes, pero tampoco tan mediocres, ignorantes, inescrupulosos e inútiles como los actuales, los de las generaciones que ahora se desempeñan, sea como gobiernos o sea como fuerzas de oposición.


El “mercado común” europeo fue un mercado libre y abierto, ampliado más allá de las estrechas fronteras nacionales. Pero en América Latina, han predominado las izquierdas, por definición enemigas del mercado, y las “derechas malas”, enemigas de la competencia, es decir, de los mercados “abiertos”. ¿Cómo podemos tener una “integración latinoamericana”, comandada por acérrimos enemigos del mercado, generalmente aliados con enemigos de la competencia libre y abierta? ¡Imposible!


V

En líneas generales las cosas han empeorado desde entonces. En nuestra región, no hay derecha liberal en el cuadro político; por eso no hay mercado libre ni común, ni asomo de integración. El hecho es que, tras el fin de los dictadores militares de mediados del siglo XX, se inició una infeliz y progresiva decadencia, un proceso gradual de empobrecimiento económico, y descomposición social, moral y política, que continúa de cuesta abajo. Las izquierdas se fueron haciendo hegemónicas, tanto las violentas como las no violentas; y las derechas fueron abandonando sus viejos ideales de orden, justicia y libertad, para convertirse en simples apéndices políticos de los “empresaurios” mercantilistas y proteccionistas que les financian.


¿Y quiénes financian a las izquierdas hoy en día? Todos nosotros, con nuestros impuestos. Las izquierdas cuentan con varios partidos en cada país, que casi siempre navegan “bajo la superficie”, escudados en sus innumerables y variopintas “ONGs” y demás “organizaciones de fachada” como les llamaba Lenin. Se unen por encima de las fronteras nacionales, en cuatro grandes partidos supranacionales, que son: (1) para la “izquierda blanda” el Comité Latinoamericano de la vieja Internacional Socialista, sucesora de la Segunda Internacional fundada en 1889, y refundada en 1923 y 1951, luego de cada una de las guerras mundiales; (2) para la “izquierda dura” el Foro de Sao Paulo, fundado por Lula da Silva en 1990, devenido en Grupo de Puebla en 2019; (3) como bisagra de unión entre ambas, la COPPPAL, Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (todos de izquierda y centro-izquierda), creada en 1979; 4) y en este año 2020, la Internacional Progresista, auspiciada por Bernie Sanders y Yanis Varoufakis, líderes socialistas de EE.UU y Europa respectivamente.


Muchos partidos de izquierdas pertenecen a más de una de ellas; porque cuando un partido miembro es la oposición en su país, recibe dineros de alguna de estas fuentes de financiamiento, los que después serán reembolsados en forma de aportaciones o cuotas, cuando el partido haya alcanzado a ser gobierno.


Con respecto a las leyes malas, los gobiernos controlados por esos partidos preparan los “borradores” o anteproyectos de tratados y convenios, que elevan para su aprobación a las mencionadas Agencias de la ONU. Y es una realidad, no es una “teoría de la conspiración”. Son hechos. En Internet, si tienes tiempo, puedes ver los Sites oficiales de esos partidos y todas sus cúpulas supra nacionales, y puedes revisar sus contenidos, y compararlos con los de las entidades de la ONU. También puedes contrastar con los de los “mecanismos de integración latinoamericana”, y ver que nada concreto hicieron para crear espacio libre a los negocios; todo el tiempo es firmar papeles que quedan en los cajones de archivadores y estantes de bibliotecas.

En mi libro “Las leyes malas” expliqué lo que llaman “Pacto Social”: las izquierdas por su lado impulsan leyes sumamente costosas para las empresas; y los representantes empresariales en los órganos de la legislación dan sus votos para ellas, a cambio de los votos socialistas para sus leyes mercantilistas y “proteccionistas”: las barreras internas y externas a la competencia abierta. Si te fijas muy bien, los “instrumentos de la integración” como los de ALADI, SELA, ALALC etc., tienen “Anexos” mucho más voluminosos que los tratados en sí mismos, con extensas listas de “productos sensibles”, que quedan excluidos del articulado que en el papel declaran las libertades de comercio entre los países.


Un “detalle” nada despreciable. Estos partidos de izquierda dura, izquierda blanda y derecha mala (o seudo-derecha), han establecido altísimas “vallas” o impedimentos y obstáculos para reconocer nuevos partidos legalmente. O sea: un oligopolio político; para cuidarse mutuamente las espaldas. Por eso no hay cambios; no hay reformas de fondo. Los males se perpetúan: crimen, corrupción, jueces inicuos y venales, desempleo, pobreza y aún miseria, ignorancia, una “salud” inaccesible y jubilaciones paupérrimas. No hay oportunidades; emigrar parece la única salida, y de hecho la mayor parte de los hogares más pobres viven de “remesas” que envían los emigrados a sus familias rotas.


¿Qué más han hecho? Han degradado la política y el oficio político; han convertido los partidos en agencias de colocaciones y tráfico de influencias; y han hecho de la democracia una farsa y un circo. Nosotros estamos en las antípodas de todo esto.


Somos gente común y corriente, haciendo cosas nada comunes ni corrientes. Forjando un futuro muy diferente. Con objetivos y metas nada mezquinas; muy ambiciosas, y de naturaleza política. Por esa razón, la tarea que abordamos es política, y no ocultamos, sino que reivindicamos el ejercicio de la política, que practicamos con decencia y moral. Se puede ser político, no “politiquero”; sin mentir, sin robar ni mandar a matar a nadie. Reivindicamos la figura de los partidos políticos completos: ideológicos, programáticos, representativos y electorales, construidos y organizados como instituciones privadas, indispensables actores de una democracia. Y reivindicamos también la democracia representativa y republicana.


El nuestro es el único proyecto en su género, al menos en la región; y es tan bueno, que le han surgido imitadores que hacen copias malas y toscas, que no saben explicar ni manejar. Así que no aceptes burdas imitaciones; somos los originales.


Para cerrar este artículo, las dos “preguntas más frecuentes” que nos hacen: 1) ¿en qué país o países se aplicaron esas reformas de fondo o estructurales que Uds. proponen? Y 2) ¿Cómo de cuánto tiempo es ese “mediano plazo” de que Uds. hablan? A la primera: en los países ex comunistas de Europa Central y Oriental; y en los países emergentes de Asia y África, llamados “tigres asiáticos” y “leones africanos”; tenemos descripciones en nuestros materiales educativos. También respuestas a otras preguntas.


A la segunda: depende de cuánto apoyo logremos tener, tanto en número y buena disposición de adherentes, como en trabajo voluntario y donativos; cuanto más apoyo, menos tiempo; cuanto menos apoyo, más tiempo; y si no hay apoyos, ¡nunca! Así de simple: depende de vos, y de personas como vos.


San Juan del Río, México, 15 de setiembre de 2020

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